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Muchas veces escuché que como hija de Dios, merecía todo, como Dios es el Rey entonces yo, al ser su hija, merecía todo, pues era una “Princesa de Dios”; si a eso le sumamos que desde niña amaba ver películas de princesas y que soñaba con encontrar a un “príncipe” que me cuidara, tener una boda enorme con un “vestido de princesa” y que mi mundo se volvería un cuento con el: “vivieron felices por siempre”… En ese contexto tenemos como resultado a una “mujer adulta, caprichosa, vanidosa, exigente y muy frustrada”.

 

“Viviendo como princesa”

 

Autor: Vane D´Bru

Muchas veces escuché que como hija de Dios, merecía todo, como Dios es el Rey entonces yo, al ser su hija, merecía todo, pues era una “Princesa de Dios”; si a eso le sumamos que desde niña amaba ver películas de princesas y que soñaba con encontrar a un “príncipe” que me cuidara, tener una boda enorme con un “vestido de princesa” y que mi mundo se volvería un cuento con el: “vivieron felices por siempre”… En ese contexto tenemos como resultado a una “mujer adulta, caprichosa, vanidosa, exigente y muy frustrada”.

Y queridas amigas, no es que sea yo la única y que las chicas de entre 27 y 37 años seamos la generación perjudicada, ¡oh!, no, no, no, déjame decirte que las mujeres en sus 40´s, 50´s y un poquito más están igual que las mujeres de mediana edad, y ese complejo de “princesa, todo lo merezco, o mejor dicho todo me lo tienen que dar” tristemente lo veo más en mujeres que se dicen “cristianas”, qué en mujeres a las que en muchas ocasiones de forma despectiva llamamos “del mundo” (ellas lo enfocan de manera parecida de acuerdo a sus creencias, aunque tienden a ser más autosuficientes), pero quiero centrarme en nosotras las “creyentes”.

Este concepto de “hija de Dios o princesa de Dios” está tan corrompido, lleno de toda la vanidad de este mundo; la actitud que llena nuestros corazones está en el “tener” y no en el “hacer”. No digo que tener algo sea malo, el problema es cuando es el centro de nuestra vida, podemos gastar gran parte del presupuesto familiar en nuestro arreglo personal (tinte, corte, uñas, tratamientos faciales, etc), más vestuario y accesorios, pero además del costo económico, también debemos considerar el tiempo que invertimos (en este sentido no olvidemos el tiempo que pasamos en nuestras redes sociales viendo todo lo relacionado con la estética); estamos más enfocadas en proyectar una imagen, que en ser un reflejo de lo que dice la escritura.

Quiero enfatizar que no estoy “satanizando” el arreglo personal, pero siendo honestos una imagen limpia, pulcra y sencilla nunca pasa de moda y personalidades de esa industria enfatizan que “menos es más”, pero eso no es algo que se ve a la entrada de las congregaciones, ahora pareciera que es el momento en el que tienes que deslumbrar a tu alrededor, mostrar todo lo que tienes (no importa que tengas deudas que saldarás a 18 meses sin intereses), porque eres una “princesa”¿ cómo no vas a tenerlo todo.

Yendo a un plano más en la relación de pareja, las mujeres exigimos atenciones de nuestros esposos, no es que las consideraciones mutuas sean algo malo, simplemente que nuestra actitud se ha vuelto tan dominante, intransigente y poco servicial.

La Biblia no tiene ese concepto de “princesa de Dios” (el termino de príncipes era utilizado para personas que tenían esa función), pero sí tiene el termino descriptivo “hijo de Dios”. El versículo 14 del capítulo 8 del libro de Romanos dice: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”.

De hecho me gustaría enfocarme en este capítulo de Romanos porque de él solo usan en los pulpitos algunos versículos para justificar la codicia de las cosas de esta tierra torciendo a lo que se refiere Pablo al decir que somos “coherederos”, pero claramente en los versículos 5 y 6 dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz”.

Esta actitud, si algo nos quita es la paz, porque nuestros ojos dejan de estar en Yejováh, en donde encontramos todo lo que nuestra alma necesita, no solo en esta vida, sino en la venidera. Un verdadero hijo de Dios, es el que hace la voluntad del Padre, y en ningún lugar de la escritura encontrarás que ÉL, haya dado instrucción de “tener”, de “presumir” o de “aparentar”… todo lo contrario.

Recuerda que una de nuestras tareas en este mundo la dice claramente el Mesías en Mateo 5:9 “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios”.

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